La paradoja de la información

Artículos recientes
Artículos relacionados
Nunca hemos producido tanta información y nunca ha sido tan fácil perderla
Nunca en la historia humana se había producido, almacenado y transmitido tanta información como en las primeras décadas del siglo XXI. Según estimaciones de la International Data Corporation (IDC), el volumen global de datos creados y replicados supera ya los zettabytes anuales, una cifra que crece de forma exponencial. Sin embargo, esta abundancia extrema convive con una paradoja inquietante: la información contemporánea es estructuralmente más vulnerable que muchos registros de hace miles de años.
Esta tensión no es una especulación filosófica, sino un problema reconocido en disciplinas como la archivística digital, la historia del conocimiento y la ciencia de la información. Instituciones como la UNESCO, bibliotecas nacionales y archivos científicos han advertido sobre el riesgo de un "apagón documental" del presente, donde grandes volúmenes de datos podrían perderse no por catástrofes naturales, sino por obsolescencia tecnológica, dependencia energética y falta de estrategias de preservación a largo plazo.
La pregunta central no es cuánta información producimos, sino qué parte de ella será legible, interpretable y recuperable dentro de siglos.
La escritura como tecnología de memoria
Desde una perspectiva histórica, la escritura no es solo un medio de comunicación, sino una tecnología de almacenamiento de memoria colectiva. Las primeras civilizaciones entendieron esto de manera intuitiva: grabar información en soportes duraderos era una forma de proyectarse hacia el futuro.
Las tablillas de arcilla mesopotámicas, las inscripciones en piedra del mundo egipcio o mesoamericano, y los monumentos epigráficos del mundo clásico comparten una característica esencial: su resistencia material. Eran soportes pesados, costosos y limitados en capacidad, pero extraordinariamente estables frente al tiempo, la humedad y el abandono.
El mensaje implícito era claro: la información importante debía sobrevivir a generaciones enteras.
Progreso técnico y pérdida de permanencia
Con el paso del tiempo, la humanidad priorizó otros valores: portabilidad, velocidad, volumen y eficiencia. El soporte material de la información comenzó a transformarse:
- El papiro y el pergamino permitieron textos más extensos, pero eran vulnerables al clima y al deterioro.
- El papel abarató la producción del conocimiento, impulsando la alfabetización y la difusión cultural, a costa de una menor durabilidad.
- Los soportes digitales multiplicaron la capacidad de almacenamiento y la velocidad de transmisión, pero introdujeron una fragilidad estructural sin precedentes.
Este proceso revela una tendencia constante: cada salto tecnológico aumenta la cantidad de información producida, pero reduce su resistencia al tiempo.
La fragilidad específica de la información digital
A diferencia de los soportes físicos tradicionales, la información digital no depende únicamente de su soporte material. Su legibilidad está condicionada por una cadena de factores complejos:
- Energía constante
- Hardware compatible
- Software funcional
- Formatos estandarizados
- Infraestructura técnica y organizativa
Un archivo digital puede existir físicamente y, aun así, ser completamente ilegible. Este fenómeno, conocido como obsolescencia tecnológica, representa hoy una de las mayores amenazas para la preservación del conocimiento contemporáneo.
Paradójicamente, un texto grabado en piedra puede ser interpretado miles de años después con herramientas básicas, mientras que un archivo digital de hace apenas treinta años puede resultar inaccesible.
La ilusión de la permanencia digital
El discurso popular suele asociar lo digital con la idea de permanencia: la nube, los servidores, las copias infinitas. Sin embargo, esta percepción es engañosa.
La llamada “nube” es infraestructura física: centros de datos, redes eléctricas, empresas privadas, decisiones económicas y marcos legales concretos. Nada garantiza que estos sistemas se mantengan operativos durante siglos ni que los formatos actuales sigan siendo comprensibles en el futuro.
Desde una perspectiva histórica, confiar la memoria colectiva de una civilización a sistemas privados, cambiantes y dependientes de rentabilidad es un experimento sin precedentes.
El sesgo del superviviente en la historia
La información antigua que hoy poseemos no representa la norma, sino la excepción. La mayor parte de los textos, registros y obras del pasado se perdió de manera irreversible.
Lo que ha llegado hasta nosotros lo hizo por una combinación de durabilidad material, condiciones ambientales favorables y azar histórico. Sin embargo, incluso ese pequeño residuo ha sido suficiente para reconstruir civilizaciones enteras.
Esto plantea una posibilidad inquietante: es plausible que los historiadores del futuro conserven menos información del siglo XXI que de periodos mucho más antiguos, pese a la abundancia documental actual.
¿Puede la información digital sobrevivir mil años?
En términos estrictos, la respuesta es afirmativa, pero con condiciones muy exigentes. La preservación digital a largo plazo requiere:
- Migraciones constantes de formatos
- Estándares abiertos y documentados
- Instituciones dedicadas exclusivamente a la conservación
- Energía estable durante generaciones
- Voluntad política, económica y cultural sostenida
La historia demuestra que estas condiciones rara vez se mantienen de forma continua. Las civilizaciones colapsan, las prioridades cambian y los sistemas complejos son inherentemente frágiles.
Una civilización intensamente documentada, pero débilmente recordada
La paradoja contemporánea no es la falta de información, sino la falta de memoria profunda. Hemos cambiado permanencia por inmediatez, archivo por flujo, legado por acceso instantáneo.
Nunca antes la humanidad había hablado tanto de sí misma. Y, sin embargo, nunca había sido tan incierto qué parte de ese discurso logrará trascender.
La historia de la información no es una línea de progreso continuo, sino una negociación constante entre eficiencia y permanencia. Las civilizaciones antiguas escribían poco, pero pensaban en el largo plazo. La nuestra escribe sin cesar, pero vive anclada al presente.
La pregunta no es si producimos suficiente información, sino si estamos construyendo una memoria capaz de sobrevivirnos.
Porque es posible que seamos recordados no por lo que dijimos, sino por lo poco que logramos dejar atrás.


0 Comments